EL LADO MACABRO DEL MATRIMONIO

             Se trata de algo común, otra escena hecha de piltrafas ignorantes reventando alrededor mío y por las ventanas desde donde oigo incómodo las palabras hirientes que se inflan gradualmente mientras intento ver la televisión. Es un desafío evitar escucharlas. Sin querer meterme en la pelea de parejas, me veo involucrado intencionalmente.
            Son luchas gratis, imagino. Pero muy lamentables. La batalla dentro de un matrimonio parece eterna. Sin duda se hace tanta mención al hecho de que estar casados más bien suena a dos en una casa pero como locos. Las trifulcas, los pleitos, los enojos, a veces nos inflamos tanto que reventamos con cualquier alfiler pequeñito como una aguja y es que en el matrimonio, las conversaciones, las acciones, las buenas intenciones son tan delicadas como un jardin. Puedes ir arreglando una tras otras las bellas flores, pero mientras arreglas una, arruinas la otra. Hay pocos senderos en el jardin del matrimonio. Apenas puedes caminar bien para mantener ese jardin en perfectas condiciones. Y decir perfectas condiciones es ya demasiado.
           Si dices durante la comida que no quieres comer, a lo mejor tu esposa te responderá: ya te fuiste a comer a casa de tu madre otra vez  escondido de mi? Pues mira que bien, si no te gusta mi comida, de ahora en adelante te la haces tu solito. Y si es ella que no quiere comer, el marido le dice: oye, desde cuando estas enamorada de otro? Te veo haciendo dietas y todo eso y por mi nunca lo has hecho.
            Es tan delicado el tema. Un botón menos en la camisa del marido puede provocar un divorcio bien costoso. Un perfume extraño en la mujer. Cambio de look, ella luce más radiante y alegre que cuando se casó. Una mancha roja en la camisa, que muy bien podría ser kepchup. Pero a ella no le interesan esos detalles, solo quiere saber cómo se llama la mujer esa. Dígale que se llama Kepchup, que el jarrón bonito que compró días antes le costará más cuando se lo rompa en la cabeza.
            Ahora bien, a pesar de que suena chistoso el tema, es bien delicado. Esos inconvenientes antes mencionados son reales. Pero el mayor enemigo de una relación es y siempre será el demonio. Cuando usted no ha puesto su relación en manos de Dios, la relación estará puesta automáticamente en manos del enemigo que todo lo bueno que ve lo quiere destruir. Asi que si usted decidió ser feliz para siempre, en las buenas y en las malas, con esa persona que usted admiró, apreció y amó desde que la conoció, tendrá que prepararse para la prueba. Todo buen comienzo conlleva luchas, batallas. Perseverar es de valientes. Rendirse es de cobardes. Nunca una buena batalla fue catalogada como algo sencillo. Se suda, se come arena, hay dolores incesantes, terribles quejas, los huesos se sienten molidos, y con todo eso, levantarse es parte esencial de una victoria. A usted cuando se casó no lo llamaron a jugar a los noviecitos. Esas fueron las vacaciones, a usted lo llamaron a luchar, a combatir. Si quien se casó creyendo que iba de vacaciones, que todo iba a ser fácil y mejor, se equivocó. El matrimonio es un jardin, las flores te dan temporadas coloridas, perfumes y aspectos frondosos, pero también llega la temporada de su marchitación, caen las semillas y se riega la tierra y entonces vuelven a nacer bellas y despampanantes.
            Porque usted no esté casado no significa que pasa por menos, créame. Sólo se ha vendido una mala imagen del matrimonio, pero el 95% de las personas, al ver una hermosa familia con niños caminando por el parque, sienten más deseos de tener una igual, que seguir teniendo la misma vida solitaria o sin casarse. No es que casarse signifique perder. Pero para quien no viene preparado a esta batalla sagrada, dudo que permanezca. Los cobardes dan una mala imagen de la unión entre esposos. Los valientes pocas veces se cuentan porque no les gusta salir en público. La farándula da soporte a las historias tristes y llenas de tragedias y penumbras. Las historias de parejas felices no llaman mucho la atención para la televisión actual. El futuro se marchita alrededor de esas imágenes y los ojos de nuestros hijos contemplan con frialdad el mundo que ellos deben amar, al modo en que van entendiendo el concepto amar. Porque lo que ellos vean, eso mismo serán y harán.

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