LOS QUE VIVEN SIN ARMADURAS...

Hay quienes piensan que al cambiar de muerte a vida podrán imaginar un lago lleno de patos y cisnes hermosos, que podrán vivir como nunca, que han logrado alcanzar un final feliz, pero no es verdad, es solo un momento de confianza que podría revivir todo el pasado dejado atrás. Se que podemos disfrutar de ratos que improvisados surgen como mágicos momentos, ya sean familiares, amistosos, amorosos, pero eso no impide que lo que hemos dejado atrás no nos persiga de nuevo. Hay que estar preparados siempre, porque todo vicio busca repetirse una y otra vez constantemente mientras vivimos.
       Somos felices al descubrir que no somos como antes. Renovados por el amor que ha volcado nuestra existencia de amarga a dulce, debemos hacerle honor a esta entrega. Dios nos ha dado un regalo y debemos ponerlo a producir constantemente. Mientras vivo, estoy a expensa de las bestias que merodean buscando ponerme trampas. Y tener temple es, vivir plenamente alerta a las sonoras canciones de placer que de mi carne fluye, hacer firme mi voluntad de agradar a quien me ha vuelto a la vida, gozar de su inextinguible llama que quiere sin cesar que yo permanezca en su gracia, cuidando con los dones de su amor, mi existencia.
      Creer confiados que no tenemos un enemigo que nos acecha es muy tonto. Persuasivo es en su vasta experiencia, que desde que los ángeles existen, también existe. Ha millones arrastra constantemente a su guarida. Desde allí los sazona, los mete en una caldera gigante para cocinarlos y mientras logre su cometido estropeando su alma, alma de luz que nos ha confiado Dios Padre, no cesa el infinito castigo.
      Pues, felices somos al conocer de Cristo, mas a ojos abiertos hemos de estar, porque un sólo pensamiento impuro que tengamos es ya una razón de alejarnos de su felicidad. Nuestra alegría descansa en Dios, y de hacer cosas que nos aparten de su presencia, seremos los seres más infelices que hayan existido jamás. Seres desfigurados, con tonos diversos oscuros similares al caos, que nada de orden tiene en su faceta de muerte. Abramos los ojos del alma, para agradecer la santidad que se nos ha regalado. Abramos los ojos del corazón, para discernir correctamente a quién dejaré entrar cuando venga a tocar mi puerta.
      Soy un instrumento en sus manos, cuando dejo que me use. Yo decido de quién me dejaré hacer de nuevo. El pecado nos induce a una destrucción personal, a la muerte, al destierro eterno. Vivir firmes en la fe, con la voluntad hecha pedazos, pero soportando, sin rendirme, dando la batalla por amor a quien amor me ha dado, por respecto a quien la existencia
me ha asegurado y por honor a quien me reserva una casa en su mansión eterna.

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