Fenómenos Mentales, Demonios y Angeles

¿Pueden Existir los Ángeles y demonios?

        Millones piensan que el término acuñado a la palabra ángel y demonio son derivados de mitos, cuentos bíblicos y considerados hasta alucinaciones mentales. En cuanto a los ángeles, se cree que la literatura tiene mucho que ver con la invención de estas figuras aladas, dotadas de poderes, dones y cualidades celestiales increíbles y fascinantes.
        No cabe duda de que las apariciones de muchos de ellos y los registros precisados en la Biblia como mensajeros de la paz, ayudantes, guías y protectores, apenas envuelven parte de una creencia que solo ha llegado a ciertas personas.
        Para desarrollar la capacidad de ver ángeles no hace falta adquirir ningún poder. Ellos toman esa decisión si la consideran necesaria. Según datos registrados, los ángeles toman figuras y formas humanas para acoplarse al comportamiento nuestro. Dentro de muchas de sus apariciones, se les hace mención en partes bíblicas desde el Antiguo Testamento: Adán y Eva fueron echados del Jardín del Edén por ángeles, Abraham recibió la visita de tres de ellos, Josué también fue visitado por ellos, Jacob peleó contra uno para que le diera la bendición, Ezequiel vio Querubines, Daniel recibió visiones de parte de ellos, Isaías vio Serafines en el cielo, Zacarías fue el último en tener una aparición de un ángel que le anunció el nacimiento de Juan el Bautista, su hijo.
      En el contexto del Nuevo Testamento, los ángeles continúan sus apariciones. A ciertos pastores, a la Virgen María, a Jesús, a Juan Apóstol, a Ananías de Damasco, a Pedro Apóstol y, de ahí las experiencias persisten en registros eclesiásticos.
      Muchos de esos antiguos escritos afirman que Santa Lucía veía ángeles alrededor del altar mientras el sacerdote consagraba el pan y el vino. San Francisco de Asís charlaba con su ángel de la guarda, San Juan Bosco tenía visiones con ángeles, San Antonio Abad también y miles de santos más.
     La experiencia con los demonios está también confirmada por algo mucho más extraño que un comportamiento meramente normal. En la literatura, las culturas, las creencias y las películas, se han creado formas distintas de actuación y predisposición a dichos elementos. En ciertas ocasiones se han encontrado personas fingiendo una posesión demoníaca. Sin embargo, la Biblia relata casos demoniacos desde el Antiguo Testamento. El más famoso caso es el del Libro de Tobías, donde un demonio llamado Asmodeo busca eliminar a todo hombre que intente casarse con Sarah, hija de Raguel. Al final es vencido por el Arcángel Rafael. De ahí el Nuevo Testamento cobra vida con la venida de Jesús al mundo y, como por alguna razón desconocida, es cuando más aparecen casos de demonios. Jesús define los casos que tienen que ver con la mente y los que tienen que ver con una posesión. En varias ocasiones alude a las personas de que hay quienes sólo están enfermos porque Dios lo permite para manifestar su Gloria, otras tantas, porque la persona necesitaba comprender algo más importante que sus afanes por tener y acumular riquezas para este mundo, pero en la mayoría de los casos, las posesiones eran visibles. Personas al punto del suicidio, perturbadas, descontroladas, sin ninguna explicación humana ni mental. Una brecha se habría en el corazón de estas personas que permitía el fácil acceso de una posesión.
      El Reino de Dios tiene puertas angostas, estrechas. La resistencia a las tentaciones con la misma gracia de Dios son las que nos harán pasar por ellas. Nuestros corazones se van convirtiendo en el mismo Reino de Dios cuando empezamos a aceptar nuestro origen, nuestra forma natural de la que hemos nacido.
      El amor de Jesús por nosotros ha superado todas las barreras de la comprensión humana. Nos ha dado nueva vida. Por su amor hoy tenemos razón de ser. El nos ha salvado, nos ha redimido, nos ha levantado. Es hora de permanecer en este amor, rechazar toda fuerza maligna, toda oscuridad espiritual y decidirnos de una vez por todas, por su camino a la verdad, a la luz, a la vida. Amén.
 

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